autores vascos en castellano

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Alberto schommer (Gabriel Celaya – Máscaras, 1985)


Después se produjeron nuevas absorciones.

¿Quién no sintió que en lugar de buscar
era devorado por un centro escondido?

Gabriel Celaya

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Eli Tolaretxipi (San Sebastián 1962)




Poesía táctil 
(El mundo fragmentado de Eli Tolaretxipi)                      

Traemos un mensaje de la larga y negra extensión del
Cuerpo:
“Cálmate” ruega y ruega.
                                                        Elizabeth Bishop

En mi cuarto, el mundo está más allá de mi comprensión;
Pero cuando camino veo que consiste en tres o cuatro colinas y
una nube.
                                                          Wallece Stevens

 Dos entregas recogen hasta la fecha la poesía astillada y seca de Eli Tolaretxipi (San Sebastián 1962): amor muerto, naturaleza muerta (Bassarai, 1999), y Los lazos del número (Bassarai, 2003). En ambas, los trazos de una misma tentativa geométrica que explique las sensaciones del mundo a partir de las relaciones con esos aparecidos que son los objetos, esos huéspedes a menudo cómplices, nunca del todo quietos, que moran en él.
 Catálogo de cuerpos porosos, permeables, abiertos, enhebrados en un devenir de galerías y estancias horadadas con determinación y transparencia. Poesía táctil que tantea imágenes dispuestas en amable caos en busca de un tejido que salve el laberinto. En cada poema de Tolaretxipi, lo real aguarda un abrazo definitivo. Este mundo entrecortado alberga un contorno que la voz se esmera en perfilar.
 Mundo fragmentado que no extravía el sentido. Trozos sueltos, nunca dispersos, fluir coherente de un sentir frágil y conocido. En Eli todo es extrañeza, sin embargo, nunca el lector es un espectador ajeno a la lógica de todas estas piezas sueltas. No hay lector que no sepa de la precariedad de las manos para apresar el mundo. Para Eli Tolaretxipi las pieles de las naturalezas que retrata y sus cuerpos son una misma cosa; los objetos no tienen un reflejo trascendente, su realidad es el número; todo sólido está presente a pesar nuestro, nada importa que la ficción de su posible trasparencia persista.
 Los procedimientos por los que se atiende y recrea una naturaleza detenida son los mismos en ambos poemarios. Fotografías y libros en los lazos del número; Cuadros y esculturas en amor muerto, naturaleza muerta; el amado reducido a modelo pictórico, a sus posibilidades plásticas en una confrontación no por contenida menos dolorosa. Ese proceso tantas veces repetido por el que todo abrazo nos desaloja de todo cuanto hasta entonces teníamos por propio.

 Importa el hecho de que mi amiga S

 haya construido las alas para mí,
 que vaya a ser yo la mariposa
 que me quede un solo día
 para decirle que ya no.

 En los poemas de este primer libro, la lógica del Dos reproduce la muda de los cuerpos; abrazos que no salvan, amantes condenados a un infranqueable estado de pupa, transfiguración humillante, como si la crisálida no revelara un nuevo nacimiento, sino tan sólo su condición de ovillo en el que el amante como un arácnido retiene a su presa y se alimenta.

Lo que dice me transforma.
Se trata, dice,
 de exponer mis adentros
sin color
 sin que nada palpite.
Interiores secos.
Mi oreja,
mi corazón de manzana
 rígidos sin mí.

 Como en esa teatral suicida que fue Anne Sexton acaso no haya suicida que no lo sea se hace notar en cada una de las imágenes que Tolaretxipi ensaya, una obstinada presencia del cuerpo sumido en sus porciones. El cuerpo, ese sórdido lugar en el que nos demoramos, y al que siempre uno vuelve cumplida la huida, tal vez en otros cuerpos. En ambas poetas, el verso con tiempo de una poesía con voluntad de prosa, así como un decidido tono confesional. Otras voces femeninas han fecundado el personal mundo poético de Eli Tolaretxipi: junto a la ya mencionada Anne Sexton, Sylvia Plath, Elizabeth Bishop, por nombrar un reducto. Algo también de los ecos hipnóticos de Wallace Stevens, ese autor que cantó la superficie de las cosas para que, una vez salvados sus pliegues y vértices, pudiéramos sin peligro caer dentro de ellas. En ocasiones parecida respiración en ese deambular laberíntico de formas repetidas, esas espirales de Superficie marina llena de nubes o El hombre de la guitarra azul.
 Mucha de la capacidad sugestiva de estos poemas reside, además de en la extraordinaria plasticidad de sus imágenes, en que nada, en este catálogo de delicadas piezas y fragmentos de vida quieta, pese a su condición de “objetos”, nos mantiene a distancia. La realidad en el universo de Eli Tolaretxipi nunca es dual; toda conciencia u ojo que mira adquieren las dimensiones, trazos, heridas, huellas y hendiduras del cuerpo observado, de igual modo, cada huella aplicada al lienzo, deja un rastro indeleble en la piel de quien se presta al sacrificio del modelo. Las fotografías nos hablan de la inmediatez en que se asimilan imagen y mirada. La extrañeza ante el cuerpo retratado, cuerpo condenado a los márgenes del lienzo, reside en el gesto de acariciarlo, pertenece al sórdido vinculo que con el tacto se sella. Eli sabe que sólo estos lazos nos explican.
 Esta destemplada lógica del Dos que anima los poemas de amor muerto, naturaleza muerta, continua tendiendo puentes subterráneos en los lazos del numero, tal vez en busca de cierta redención. En este su segundo libro, un recóndito Tres se encarna para dotar de nuevos matices el antiguo vínculo.
 El mismo sereno espanto que acompañó a Morel en sus estériles paseos por aquella isla, donde los prodigios de una invención perversa asimilaría los cuerpos a su imagen, privándole de la compañía de los antiguos moradores, recorre las escenas repetidas de Los lazos del número: La mujer alta, el hombre ante la máquina, la lectura en los transportes públicos, paisaje con palmera y museo. La mansa realidad de los cuerpos sobre los que posamos nuestras manos, talvez extrañados de que perseveren en su existencia; el mundo apaciguado y leído; todo adquiere la entidad frágil de las reproducciones. Esa contabilidad de las cosas que callan mientras uno inventa su historia, cierta e inaccesible.
 Este mundo detenido muestra sin violencia su faz de realidad atrapada en los márgenes del ojo atento. Fragmentos casi inanimados, contenidos en la realidad doméstica de las fotografías, en la prudente distancia de los libros, en el cuerpo acariciado que se entrega casi siempre dormido, ausente.
 Mundo privado de movimiento, reducido a catálogo de objetos y fotogramas. Naturaleza inmóvil, no muerta, aún palpitante, aguardando un indicio; tal vez una comunidad de fragmentos de vida destemplados con los que poder al fin conformar los tres puntos de apoyo necesarios para que cualquier cuerpo se alce desde su plano, o para que, en ese mismo plano, los tres vértices devengan una forma definida. Cada verso quiere abrazar un cuerpo, un sólido indemne. En definitiva, realidad expuesta para ser contemplada y narrada, mientras anida en cada reconocimiento la esperanza de que algo se desprenda de la lógica de los museos y nos traspase.

La página está llena de signos
digeribles, pero alguien tiene que empujar
la sucesión, completar
los momentos. 

Las cosas vistas son las cosas como se ven. Lo real absoluto. Apuntaba Wallace Stevens en Adagia, en esa su imperiosa tentativa de aliviar a lo real de sus adulteraciones, y así aprehender la complejidad del mundo, percibir lo intrincado de la apariencia; en definitiva hacer sutil la experiencia.
 Cada objeto se cobija en el cuenco de ambas manos y se contempla sin tiempo. Cada imagen es una pieza que contiene la intrincada transparencia de un mundo en miniatura. Eli Tolaretxipi reparte el mundo en secuencias, suya es la lógica de los restos. La repetición dota de geometría a un universo sutil. Mundo redimido en su imagen, mundo sin doble; en las manos absortas de Eli sólo la materia es trascendente. 


El especulador       Edgar
          
                      



BIBLIOGRAFÍA

Amor muerto, naturaleza muerta (1999)
Los lazos del número (2003)
El especulador (2009)
Edgar (2013)



Alber Vázquez (Rentería, 1969)

Poesía ficción 
(Alber Vázquez: Arqueologías)



Abro el alma a cuanto viene.
Busco un mundo sin historia
y un sentimiento de origen
y de dulce desmemoria.

Pero hay que hablar, hay que ser,
hay que decirse en la lucha,
y hay que extraer un lenguaje de
lo que sólo murmura.
                        Gabriel Celaya


Entiende Alber Vázquez (Rentería, 1969) la escritura poética como un ámbito de absoluta libertad. Y en ésta cifra su perfección, en el diálogo a solas con los elementos de su taller poético. En esta suerte de laboratorio Alber Vázquez se deja decir, se atreve, ensaya los distintos tonos, busca su acierto sin tomarlo prestado, resuelve la rabia e ironía de tentativas tan personales como atrevidas. Conforma de este modo, con materiales e imaginería diversa, artefactos de cautivador ingenio. Muestras de esta febril factoría poética son sus libros: Moscas y obras de arte (Banco Central Hispano, Bilbao, 1994), La plancha de acero (Bermingham, 1995), Negro (Bermingham, 1997), Útero, 7 poemas de amor (Bermingham, 1998), Julieta & Romeo (Bermingham, 2001), Desencriptación de la medusa (Ediciones del 4 de agosto, Logroño, 2006).
Señala Félix Maraña en la antología poética que, junto con Felipe Juaristi, realizara en el 2000: Vasca y Joven. Poesía y Futuro. Para otra sentimentalidad (Diputación Foral de Guipúzcoa, colección “Miniatura poética”, 2000): “La poesía de Alber Vázquez surge de una voluntad de conocimiento. Toda ella está atravesada por una querencia al pensamiento, a construir, incluso desde formas narrativas, un discurso donde se conciba la existencia. Poesía conceptista, no se trata sin embargo de una poesía hermética o inexpresiva, sino llena de luz y de efectos multicolores, que cautiva tanto por su tono como por el tempo que construye”.
Los edificios poéticos de Vázquez se alzan sobre el área que comprenden tres vértices: Palabra, imagen y memoria. Formas de la conciencia que reproducen en el hombre esas otras tres realidades del mundo: Cuerpo, paisaje y tiempo.
 

Palabra


La palabra en Alber Vázquez no dice el cuerpo, lo piensa. Ninguna impresión del mundo dicho descansa en sus sentidos. La palabra es instrumento y herramienta, con ella el poeta escarba y explora un “engaño perfecto”. En ella, la urgencia y necesidad de descifrar aquello que pueda velar la lluvia, desenmascarar cuanto oculta. La experiencia de la simple naturaleza en los sentidos “aletarga nuestras preguntas”. En este opresivo desconocimiento del mundo se cumple la resignada máxima de Demócrito: “Es menester que el hombre reconozca, de acuerdo con esta regla, que se halla apartado de la realidad”; “Las palabras son las sombras de las cosas”.
Es en esta sombra donde Vázquez ensaya sus tentativas espeleológicas, su particular arqueología. La palabra se descubre como mero portador de la imaginería simbólica del hombre. Construcción mítica, ficción y simulacro. Magma que oculta más que dice. Bajo esta lava perduran vestigios de una realidad tan familiar como ignorada: rituales, asambleas, comisiones, inercia ordenadora de olvidadas comunidades de hombres, antiguas estirpes bajo la piel de la tierra, aún indemnes en los primeros estratos de nuestros cerebros.
Recuerdan algunas de las series narrativas de estos poemas la tentativa expedicionaria de Gabriel Celaya en Ixil. No tanto por la búsqueda de esa pulsión originaria en la matriz del lenguaje, el retorno al “lugar Cero”, refugio y útero, sino por la forma fantástica de lo enunciado, el poema ficción. A Vázquez le interesan más las formas de la expedición, su atmósfera enrarecida, la propensión al misterio, más que el misterio mismo, siempre arbitrario, acaso inexistente. La desmemoria del mito en sus devoraciones.



 Imagen

Los poemas de Alber Vázquez componen pequeñas historias que se complementan y crecen en espiral sumando variaciones de un mismo tema, imágenes, datos y experiencias de espacios elementales sin lugar ni tiempo, cuentos para el terror. Mundos amenazados por gravedades extremas, densidad de la materia con su física maleable, con su parábola y ficción a cuestas.
Poemas que rara vez enuncian la idea; por el contrario, la muestran. Su eficacia reside en la puesta en escena del concepto, en erigir un edificio altamente imaginativo, en cuidar el atrezo para la escenificación de una fábula que lo represente. Así, estas historias poéticas dan cuenta de insondables viajes, exilios, desembarcos, modos de la ingeniería de acaso otras culturas, estrategias de otros mundos, improbables arqueologías, universos orgánicos para la íntima escucha del temblor; formas siempre extrañas para albergar a un hombre, siempre sitiado.

Podría situar una brizna de hierba sobre un manto en el centro de
una inmensa habitación vacía
y eso sería un templo.
Lo sería.
Y adorar aquella atmósfera durante el resto de la existencia.
Y no sentir nada si desapareciera.

Cada poemario guarda una coherencia argumental dispuesta en escenas de fuerte carga simbólica y existencial donde han dejado su impronta autores como Kafka, Beckett o Borges; la pulsión visionaria y espectral de William Blake, Lovecraft o Alfred Kubin.
Escenificación poética dispuesta en actos, donde se congrega la voz de un sujeto narrativo sin tiempo ni auxilio de un paisaje que lo contenga. “Un yo neutro que nada explica” es el histriónico actor que interpreta la única obra posible: El hombre es un dios mecánico que sirve a su inercia mientras fabrica e inocula una conciencia en la naturaleza. Observa así crecer el contagio de lo perecedero en la imagen de su igual.
Queda la corporeidad de la imagen, la reducción del mundo a muestra, fragmento, ingeniería y rareza. Rumor de los cuerpos, música de fondo, latido de un orden supuesto, sin plan preconcebido alguno. Universos multitudinarios. La reducción de la conciencia y el misterio a un insondable precipitado neuroquímico.



Memoria

Alber Vázquez lleva la idea hasta el extrañamiento. Procura para ella un nuevo espacio, la sume en lo insólito, la sujeta a un nuevo acontecimiento mitológico donde, en la mayoría de los casos, la memoria ha dejado de ser el consolador reducto para la sedimentación de un yo.
El yo es un espacio mítico, a menudo, megalómano y visionario, es el paisaje y monumento del poema. Esa tierra última que escarba la voz de un arqueólogo sin método ni memoria. “A pesar del espeso interrogatorio, ya no tienen, las ruinas, nada que decir”.

La memoria
es una gran llanura
repleta de un hueco
que se expande
tantas veces como se piensa en él.

Esta observación minuciosa de un mundo extrañado en la concreción de un nuevo mito no reporta, sin embargo, descanso alguno a los hombres, no es nunca el común espacio destinado a conjurar sus terrores. Por el contrario, instaura otros nuevos, acaso mas voraces. Del mito interesa su capacidad para extraviar el mundo en su concreción; el símbolo procura una comunidad de hombres suspendidos, sin otra raíz, pues la memoria fracasa continuamente en estos poemas, que la contundencia y arbitrariedad de sus trabajos y acciones. Queda el hombre reducido a gesto. “Trabajamos en pequeños experimentos mecánicos, modificando lo insondable levemente.”
La memoria mantiene indemne su capacidad de erosión, de infligir dolor a todo aquel que recuerda. La memoria conforma un hombre consciente de la sucesión histórica de las devoraciones. Sólo en el trabajado olvido, en sus progresivas desapariciones, se cumple el hombre en una “dicha plena”.

Aprendo a estructurar mi pensamiento
y pienso que
en este gran país mío siempre atardece a treinta y siete grados
centígrados,
que yo soy el propio atardecer que cae sin prisa,
que yo lo soy todo en este país,
que yo soy país y me envuelvo a mí misma.
No tengo tiempo.
Soy un ser maravilloso.

Este mundo poético está sometido a la presión de cientos de atmósferas, pequeños indicios de nosotros mismos en la sucesión de las capas laminadas de la tierra que pisamos como una escombrera. Mundo subterráneo, hipogeos, galerías, celdas, simas abisales de la conciencia en las que se cifra nuestra profunda incomprensión del mundo, nuestra precaria facultad para emerger a la superficie, la incapacidad del animal que somos para habitar intemperies. Mundo oculto del que tan sólo nos queda rescatar algunos fragmentos, fracturas de vida, o el ruido de fondo, el lamento de las sucesivas imágenes del hombre en el vientre de Cronos. “Yo tan sólo soy ese ser que devora el mundo desde su interior”.
También el amor aguarda oculto; único reducto cierto: “Única casa que has de defender”; “no conozco otra patria distinta del amor”; “magnífico país construido con la mano diestra de mi pensamiento”; “mi amor no conoce este ni oeste, norte ni sur. Es inalterable al viento o al sol. Existe sin direcciones, sin lógica aparente. Luce, amargo, en mi garganta”. Confundido con la sabia de un árbol, en una estatua en la sombra del musgo, al fin a salvo en la duración. El amor es una tentativa subterránea de asalto, una suerte de trasmigración, otra casa en otro cuerpo. “Oculto en el doble fondo de un ataúd”, “en los insectos atrapados en tu sudario”, “escondido en mi disfraz de topo, abro la tierra hacia ti.”

Hogar de un solo muro
pared de ladrillos con miga de pan y saliva.
Techo tembloroso, inquieto,
plancha de acero de siete milímetros de espesor
horizontal equilibrio sobre la última fila de ladrillos.
Temblor, inquietud,
no paz.
Esta es mi casa.

         


          Portada Desencriptación de la medusa




BIBLIOGRAFÍA

Moscas y obras de arte (1994)
La plancha de acero (1995)
Negro (1997)
Útero, 7 poemas de amor (1998)
Julieta & Romeo (2001)
Desencriptación de la medusa (2006)
La mano que decide la intensidad del agua (2008)



Jesús María Cormán (San Sebastián, 1966)




 
Poesía horizontal
(Jesús María Cormán: Los lugares hábiles del linotipista)

Soñamos con viajes a través del Universo; ¿el Universo no está en nosotros?
                                                                                                          Novalis
Pinto como escribo. Para encontrar.
                                              Henri Michaux

El cuerpo poético de Jesús María Cormán (San Sebastián, 1966) está conformado por una materia blanda y mudable. La ductilidad de los elementos utilizados ha hecho de él un observador incisivo y versátil, capaz de desenvolverse con igual soltura en distintas disciplinas. A la manera de Montale, Cormán adivina un mismo sustrato poético que incide sobre la narrativa, la pintura y la música, en un inevitable juego de vasos comunicantes. Dama del abanico rosado y otras damas, Judas, La diadema líquida, Bye bye Manchester, representan hasta la fecha su incursión en la novela y el relato corto; con Poemas de octubre, Dioses de cardenillo y Unidad del dolor, lo hace en la poesía. Así mismo son muchas sus colaboraciones como letrista de canciones, y una insondable banda sonora anima y fluye junto a su ya dilatada obra pictórica.
  


  



La mirada de Friederich
El cuerpo poético de Cormán se alimenta del rastro de lo sublime; ese estrato último del asombro y el espanto instaurado por el sentir romántico y sus depuradas técnicas de drenaje. Sus composiciones pictóricas son cómplices de aquella absorta mirada de la que fueron víctimas los anónimos personajes de Friederich; presencias detenidas en la nostalgia o el vértigo, de espaldas a las sedantes certezas de la razón cartesiana, cielos desatados a ras de hombre invitando al precipicio.
Nada en todas estas turbadoras atmósferas, sin embargo, se resuelve con la romántica tentativa de la caída, donde al precio de la lucidez el yo vería desvanecerse su ansiada y quimérica unidad. Todo cuanto en esta intensa obra salta seducido por la inercia del abismo, permanece en plácida y desconcertante suspensión; ahora sólo importa el prodigio. Si los estragos de una naturaleza al fin despierta tan solo dejaron indemne en el sujeto romántico un airado gesto, custodiado desde entonces por los simulacros y figuraciones de la razón, el yo que Cormán construye se disipa sin estridencias dramáticas en los cielos cuánticos que ya tantearan las variaciones místicas del expresionismo abstracto. La escisión romántica deviene recogimiento, abismado presente al que se le ha extirpado el tiempo; ahora las manifestaciones azarosas del paisaje se contemplan a sí mismas en los espejos del hombre. El yo deja de ser tentativa para cumplirse en la duración. Si todo en Rothko es muda quietud, Cormán vierte movimiento y azar en el silencio abierto de sus cuadros, para que todos los rincones de lo que aún tiene un nombre abjuren de él.

Lógica de los fluidos
Las composiciones pictóricas de Cormán se traducen en serenos e inquietantes ensayos de nubes, mansas temperaturas, apenas destempladas atmósferas, lentos rigores de la tierra que ve desvanecerse los consoladores límites, pautada respiración de las estratosferas. Algunas de sus variaciones cromáticas contenidas en “Avalanche” o “Celsius vs. richter” recuerdan el tiempo posterior a los violentos diluvios de William Turner. El discurrir sosegado de los cúmulos y la lenta precipitación de una orgánica orografía nos habla del descanso consciente de todas las tormentas. Una naturaleza todavía admirada de su propia capacidad devastadora y generativa que culminará en “Gravedad Cero” con refinadas series en las que el paisaje se repliega sobre sí mismo en busca de un imposible reposo.
Todo el cuerpo poético de Cormán es pausada incubación de realidades posibles, precipitado de mónadas, polinización de universos sometidos a la incierta lógica de los fluidos. Este singular pintor de placentas asume sin dolor las formas de un sujeto dinámico, fugaz y contingente.
Tal como ocurriera en el expresionismo abstracto estadounidense, con la introducción de una nueva superficie pictórica se rehabilita un discurso trascendente que excluye toda posibilidad de distanciamiento e ironía. Es este el punto de inflexión donde la pintura de Cormán toma distancia con respecto a su poesía. A propósito de la obra poética, ha señalado Félix Maraña que, “junto a rasgos conceptuales, se revela siempre imaginativa e inclinada al humor profundo, con gestos sarcásticos, ingeniosos y grotescos incluso.”[1]

Me obligaron a creer
que todos teníamos
un lugar en el vientre
de la misma madre,
pero hoy tengo la sensación
de que mis pies
llevan demasiado tiempo
fuera.[2]


      

El pensamiento del ojo
Todo cuanto en la obra poética de Cormán acontece lo hace por sedimentación; poso de sutiles gestos y fracciones de vida, rumor de inasibles huellas de todo cuanto al tiempo se le desprende en su deriva. Cormán abre pequeños paréntesis en el anónimo e inconsciente devenir, pequeñas grietas, huecos amables, lugares hábiles en la duración de insignificantes acontecimientos para inventar una entraña al mundo. Las composiciones de Cormán son la crónica callada de jardines domésticos, cenadores, parques, conocidas estancias; interrogan al silencio en el rumiar de las cocinas a media noche, en las salas de urgencia, en la quimera infranqueable de los puentes, en el fondo de las manos donde todo cuanto decimos conocer deja de ser aprehensible.

…a escuchar la lluvia bajo el cenador de rayas antes
que el café se despierte y toque palmas
en los dormitorios,
a escuchar el derribo, la tala
silenciosa de mayo y su fragmentación
al otro lado del muro,
antes que la radio desate a todas las bestias dormidas,[3]

Una espesa calina habita en las cosas, una lluvia apretada amenaza siempre con difuminar el brillo de los nombres; la pérdida, el olvido, el frío, una fractura irreparable aguarda en los rincones de estas composiciones que remontan los estériles ríos “que ponen nombre a todos los regresos de la tierra”.
Es tarea del poema dar cuenta de los fragmentos y las huellas, fijar los “lugares hábiles, yermos lugares donde desaparecer”. El mundo se despliega a la manera de las planchas de cobre de William Blake, en ellas el ojo de Cormán ensaya su particular “método infernal” de impresión, aplica trementinas, secativos de cobalto y demás resinas de la palabra; corrosivos que disipan las rebabas y templan las superficies hasta hacerlas precisas, por un instante ciertas, a salvo de tanta instrumental concreción.

NO ME CABE LA MENOR DUDA:
La sombra es feroz porque el sol está oculto.
El niño
golpea la superficie del charco sólo
para que el agua no se esté quieta, para que no
se detenga el miedo
y pase de largo, como un viento
alto, risco y rapaz.

No me cabe la menor duda:
la sombra se acerca y caerá sobre nosotros
tarde o temprano.
Un nuevo
golpe , una nueva ráfaga
atomiza
el reflejo del niño y nos contamina a todos
de esperanza.

Inclinado
Sobre el mundo, palo en mano, mirar ausente de tango, el niño
espera

En estas composiciones de corte narrativo el ojo de Cormán repliega el mundo en un plano continuo en el que pequeñas anécdotas se trenzan conformando un tejido inconsistente, el manto como una piel de escamas donde las cosas se reconcilien con su originaria fragilidad. Cormán nos exhorta a mirar sin nombrar, a amar la muda y fuga de todo acontecimiento.
A la manera de Raymond Carver, fugaces sucesos hacen las veces de deshilachadas hebras por las que el mundo se revela. Todo cuanto acontece lo hace en la superficie, y es tarea del poema habitar las texturas, colonizar la grieta, dominar la falla, dar razón de los desplazamientos tectónicos de todos los planetas posibles. “Un hombre solo golpea una pelota contra un muro” para ver así renovarse con cada batida la esperanza; un niño esgrime un palo, “aguarda a que el cielo respire” para espantar al miedo detenido en un charco; “el grumete oye el mar con una caracola y así sabe que existe”, que al igual que la tierra también tres cuartas partes de él son agua; “bajo la marquesina de la línea 13, un chico punk duerme dentro de una camiseta de Tom Verlaine iluminando la tristeza, Tom buscando a Paul desesperadamente en un pecho demasiado pequeño”. Desde un trampolín, un niño dormido rumia en sueños una intima caída.
Tal vez no haya misterio más allá de la evidencia de nuestros gestos. Por ello para Carlos Aurtenetxe “la obra de Cormán es el pensamiento del ojo, función poética, ojo del pensamiento que traslada. Estaréis, con él, siempre en otra parte de todo”, “Cormán dice, pinta, compone, descompone, transcribe las materias, los aluviones del hombre que sobrepasan al hombre, su dèpassement, su pura trasgresión, transfusión, su pura trascendencia en conversión de los materiales de derribo en sueño, en imagen…El dramatismo subyacente en su obra, nos acerca al centro de lo fronterizo, de lo periférico en nosotros.”[4]
Los personajes que pueblan los poemas de Cormán son “ocupantes, pasajeros que viajan con él, colonos”, y al igual que el ocasional lector, cómplices, testigos mudos sumados al registro minucioso de los indicios, aquí en el fondo a ras de suelo. Todos nos asomamos a estas cajas abiertas, sin costuras, depositamos una imagen, la observamos con sed de alquimia, despacio, aguardando a que precipite el mundo al latido de la trementina, y el ojo adivine al fin una entraña o un horizonte.
Esas cajas que ideara Carver donde el fondo aguarda un relieve; en las que el rostro del mundo es invariablemente: una red en la que un hombre manco despliega su infructuosa trama; La humanidad abierta, aferrada a esas manos que tan solo los estudiantes de medicina en prácticas comprenden; el mayor esturión del que jamás se tuvo noticia: en uno de los extremos del sedal un tiro de caballos mantiene el simulacro de la rendición en suspenso; la manga alzada de un traje, una mortaja recién lustrada por los técnicos procedimientos, la depurada química e industrias de la limpieza en seco, el hueco dejando al descubierto los catálogos del mundo, dando razón de la lucidez, mostrando el otro lado del silencio después de los gruesos cedazos de todos los sudarios.
También Cormán espera un ámbito amable, un lugar hábil, algo de comprensión allí en el fondo, donde todos seguimos absortos las evoluciones de nuestro nombre en el añorado vértigo de las placentas.

EN EL ÚLTIMO TRIMESTRE
el viento ha sacado un diez en Física y Química
y los puños de mi camisa un siete y medio en Historia de la
Carnicería.
Mientras esperamos ansiosos la noticia del calor
la dentadura del delfín
repasa
a un costado de la pizarra
el nombre exacto de las cosas. mientras
ese chico,
el segundo chico por la derecha, en la primera fila,
bombardea con bolitas de Matemáticas al crucifijo de madera
tal vez ignorante
de que será el primero de nosotros en morirse
en el brillo de su planeta.[5]
      

  




BIBLIOGRAFÍA

Poemas de octubre (1985)
Dioses de cardenillo (2006)
Unidad del dolor / Ejercicios de calentamiento (2005)
Inmoonizados (2007)
Guabinete de crisis (2008)
El canibal (2008)
Bajo cero (2010)





[1] Vasca y joven. Poesía y Futuro, Félix Maraña y Felipe Juaristi. Diputación Foral de Guipúzcoa, colección “Miniatura poética” (2000); Pág. 29.
[2] Dioses de cardenillo, Jesús María Cormán.
[3] “Lugares hábiles”, Unidad del dolor, Bermingham Edit. (2005); Pág. 41.
[4] “Paisaje cruzado”, prólogo de Carlos Aurtenetxe a Unidad del dolor, Bermingham Edit. (2005); Pág. 16, y “Parábola de la lejanía”, prólogo a “Digital”, catálogo de la exposición pictórica de Cormán (1991).
[5] Vasca y joven. Poesía y Futuro, Félix Maraña y Felipe Juaristi. Diputación Foral de Guipúzcoa, colección “Miniatura poética” (2000); Pág. 29.